lunes, enero 30, 2006

Frida Kahlo, un icono artístico que no ha muerto

Vivir y pintar apasionadamente

Mujer ecléctica, pintora de principios del siglo XX, con un estilo propio y casi más famosa que su marido Diego Rivera, a quien amó y odió tanto como a su cuerpo. Kahlo nació del dolor de una mujer, vivió marcada por sus propias heridas físicas y murió tras el duelo de tres abortos naturales

Frida Kahlo (Coyoacán 1907-México D.F. 1954) fue el fruto del matrimonio entre un fotógrafo de origen judío-húngaro y de Matilde, indígena y católica. Cuando Frida sufre el accidente de autobús que le destroza la columna y la vida, sus padres y sus hermanas se hunden con ella, salvo Matita, la mayor, que estuvo a su lado día y noche. Presa de su propia cárcel de carne, nunca dejó de devorar la vida y sus cuadros son el espejo de su indómita y creativa alma.

“Espero que la salida sea afortunada y espero no volver jamás”, de este modo Frida decía adiós a la vida en el México de 1954. Tras una intensa vida, una de las pintoras mexicanas más famosas del pasado siglo XX dejaba su testimonio vital en unos cuadros oníricos, dramáticos, anhelantes y viscerales. Para unos fue una simple pintora extravagante y para otros se ha convertido en un icono artístico.

Magdalena Carmen Frieda Kalho Calderón nació y murió en la “Casa Azul”, hoy convertida en museo. Siempre fue muy despierta e intelectualmente superior a los demás niños, quizás porque así compensaba esa pequeña cojera que le quedó de una poliomelitis sufrida antes de cumplir los diez años. Poco después empezaría a jugar con su sexualidad, disfrazándose de chico, una situación que repetiría años más tarde, llegando a atraer a numerosas mujeres, famosas y anónimas.

Rota por dentro
En plena adolescencia se enamora de un amigo de su grupo creativo del instituto “Los Cachuchas”, Alejandro Gómez Arias. Durante una tarde romántica con él, tienen un accidente de autobús en el centro de México D.F. y su columna quedaría destrozada: estuvo postrada en la cama durante mucho tiempo y todos los episodios de su vida continuarían presididos por hospitales y operaciones.

Desde ese momento el dolor sería su leal recordatorio de una fragilidad y una sensibilidad tan amarga como fructífera para desarrollar su manera de pintar – autodidacta -. A partir de entonces se rompió por dentro y su vida tomaría un rumbo nuevo dramático: nunca podría tener hijos.

“Espero que la salida sea afortunada y espero no volver jamás”


En esa época le gustaba leer a Proust, Oscar Wilde, Nietzsche y mucha poesía. Los primeros tubos de óleo se los regala su padre, después del accidente, la pintura fue un bálsamo para ella; el hecho de vivir entre la silla de ruedas y la cama le llevó a inventarse un personaje, al que cuidó casi hasta el final de sus días. Le divertía vestirse como las mujeres mexicanas indígenas - ella misma diseñaba sus vestidos tradicionales-, y además dejó de depilarse las cejas y el bigote, lo cual sería una de las señas de identidad que la distinguiría para siempre.

En 1928 nace de nuevo al conocer a Diego Rivera, su “gran amor” (veinte años mayor que ella), famoso por aquel entonces, uno de los muralistas mexicanos más reconocidos. Se casan dos veces y viven una dramática historia, con celos, rupturas (estuvieron divorciados un año, una época de gran creatividad, justo cuando pinta el cuadro de “Las dos Fridas”), reconciliaciones y amantes por parte de ambos. Se necesitaban mutuamente y se perdonaban las infidelidades, incluso la de su hermana pequeña Cristina con su “Diego-universo”.

A los pocos años de vida conyugal, sufre uno de sus primeros abortos, la gran herida de su alma, y una más de la larga lista de operaciones que padeció. Envuelta en su corsé de yeso –en el cual solía pintar también- y prácticamente anclada a largas convalecencias, pintaba su universo carmín en una cama con un espejo en el techo.


Una artista que pintaba desde las entrañas
Sangre, cicatrices, raíces, soledad, medicinas, camas de hospitales, corazones, venas, bebés, clavos, dolor, flores, frutas tropicales, animales exóticos, paisajes simbólicos; amor y desamor, el sufrimiento por no poder ser madre o ella misma duplicada con sus vestidos del folcklor precolombino, quedaban escenografiados en sus óleos de vivos colores. Una vez dijo:”No tengo miedo de la muerte, pero quiero vivir. El dolor eso no, no lo soporto”.

Fue una mujer vanguardista, profesora de la Escuela de Artes Plásticas de México D.F., ciudad donde participó en la Exposición Internacional de Surrealismo. Viajó a París y a Nueva York, donde organiza su primera exposición individual en la Julien Levy Gallery: lleva 25 cuadros y aprovecha su estancia en compañía de un fotógrafo (de origen húngaro), Nickolas Muray. Siempre tuvo un magnetismo especial tanto con los hombres como con las mujeres y siempre fue excesiva en las pasiones, a pesar de estar llena de cicatrices. Quizás ese fuera su mayor atractivo.

Militante del comunismo, amiga de grandes personajes políticos y artistas de su tiempo (fue amiga de André Breton, Marcel Duhamps o de Tina Modotti -amante de Trostki-, también conoció a María Félix y a Georgia O´Keefe, entre otros), vivió apasionadamente, exploró su sexualidad, se aficionó a las drogas, fue dipsómana y sufrió por fuera y por dentro, pero sobre todo amó a “el gordo”, su Diego.

”No tengo miedo de la muerte, pero quiero vivir. El dolor eso no, no lo soporto”


El torrente de emociones que bullía a borbotones en su interior fue el leitmotiv de sus retratos, autorretratos, naturalezas muertas, escenas trágicas de la vida, una recopilación de recuerdos que traían la lluvia a sus ojos indígenas: “Yo no estoy enferma, estoy rota”.

Los surrealistas la adoptaron como seguidora de su corriente artística pero a ella no le gustaba esa etiqueta y se limitaba a decir que sus óleos “habían nacido del interior de su dolor”. Un año antes de morir, sus amigos le rindieron un homenaje, haciendo una retrospectiva en la galería mexicana Lola Álvarez, poco después le amputarían esa pierna que desde niña le había producido tantos problemas.

Como Apollinaire señalaba en su Manifiesto cubista de 1913: “hay hombres que viven en el placer, otros en el dolor y otros sólo tienen la vida”, a Frida le dio tiempo a vivir con intensidad, a conocer el dolor demasiado y a crear personalísimos óleos que la encumbraron a lo que aún es hoy.

Diego Rivera calificó su pintura como “[...] adorable como una bella sonrisa y profunda y cruel como la amargura de la vida“. En la actualidad se pueden ver sus obras de arte en el Museo de Arte Contemporáneo de Nueva York y en el Georges Pompidou de París.

3 comentarios:

CARLA dijo...

Escribí este artículo el año pasado para el proyecto de una revista de arte digital que finalmente no se hizo realidad, pero al menos ahora sale a la luz y con fotos.

Anónimo dijo...

Para eso esta el blog. Para que saques toda la estrella mágica que llevas dentro y que te acompaña cada vez que te veo y me acuerdo de ti!

CARLA dijo...

´CAUSE NOTHING COMPARES... NOTHING COMPARES TO YOU, por si no lo sabías ya...